Chile, donde todo lo sólido se desvanece en el aire

Por Néstor Casola

Cuando el pasado 8 de octubre, en una entrevista para el programa de radio Mucho Gusto que se emite por la emisora chilena Mega, el presidente de aquél país, Sebastián Piñera, declaraba que Chile era un verdadero “oasis” en una región convulsionada por las crisis económicas y las protestas sociales, nada hacía suponer que en apenas, un par de días, todo aquel paraíso de supuesta prosperidad y progreso neoliberal, estaba a punto de evaporarse. Aquella mañana, mientras Piñera declamaba soberbio y seguro esas palabras, comenzaban los primeros focos de lucha, las primeras “evasiones” (saltar los molinetes del subte sin pagar), que lxs estudiantxs habían ofrecido como medio de protesta a toda la población por el alza en los precios de los valores del metro. Y, aunque nada parecía preverlo, aquel pequeño chispazo, en apariencia insignificante, se iba a constituir en el inicio de un incendio que hasta el día de hoy no parece tener fin.

¿Qué había ocurrido en aquella tierra prometida del consumo y los negocios prósperos, ofrecida al conjunto de los países de la región cómo único modelo posible, según expertxs y especialistas, para que millones hasta entonces calladxs y sumisxs, salieran con tanta bronca y furia a reclamarlo todo?

La Batalla de Chile

Desde aquél fatídico 11 de septiembre de 1973, en el que, a través de un golpe de Estado, financiado y apoyado por Estados Unidos, se derrocó al gobierno socialista de Salvador Allende, Chile se convirtió en el laboratorio neoliberal de los llamados “Chicago Boys”: economistas y técnicos, formados en la Universidad de Chicago, que delinearon las bases de toda la estructura económica, jurídica y social del país. Al calor de una brutal represión, con su correlato de miles de muertxs, torturadxs, desaparecidxs, y más de doscientos mil  exiliadxs, aquellxs “especialistas” recomendaron privatizar cada uno de los servicios esenciales del Estado. En pocos años, los sectores populares, tuvieron que adaptarse a las nuevas y duras condiciones de vida. Tuvieron que aceptar que si quería salud y educación para ellxs y sus hijxs, debían endeudarse con sumas imposibles; qué si querían una vivienda, tendrían que obtenerla hipotecándose de por vida; qué cada viaje era un privilegio; qué la desigualdad social se debía a una diferencia en los méritos individuales; qué llegar a viejx podía ser un problema muy grave, si los ahorros capitalizados, se agotaban rápido. Lo fueron internalizando a sangre y fuego, a través del miedo, del horror, de la amenaza constante. Y, en las últimas décadas, ya en “democracia”, con gobiernos “progresistas”, como los de la “Concertación” que, disfrazados de populares, jamás cuestionaron el modelo económico y se constituyeron en una verdadera extensión de la dictadura de Augusto Pinochet en tiempos de paz. La llegada de Piñera, hombre de la derecha tecnocrática, obviamente, no sólo no fue una excepción, sino que hizo del “modelo” su principal bandera. Ante cada reclamo popular, ante cada descontento, como las marchas estudiantiles que se dan periódicamente desde 2006, por el acceso a una educación más democrática y no elitista, o las movilizaciones en repudio a las AFP (administradoras de fondo de pensiones) privadas, que, para dar un ejemplo,  pagaron a la mitad de lxs nuevos pensionadxs en 2018, tan sólo 68 dolares mensuales, la respuesta de los gobiernos, durante todos estos años, siempre fue la misma: palos, represión de toda movilización, obturaciones legales ante cualquier forma de organización colectiva fuerte, y una fuerte campaña mediática deslegitimando los reclamos, buscando criminalizarlos, aislándolos uno de los otros. Sólo, en caso que la situación se fuera un poco de control, se buscaba “calmar las aguas” con algún que otro parche. Pero, desde 1973 a la fecha, la consigna del poder siempre fue la misma: “al modelo neoliberal se lo defiende a capa y espada” y ese fue un acuerdo al que suscribieron todxs los partidos políticos del régimen, por derecha o por izquierda, y al que jamás invitaron, a millones de chilenxs, que tuvieron que resignarse a que sus vidas estén subordinadas a esas reglas del juego.

El Poder Popular

Pero nada reprimido puede esconderse bajo la alfombra sin que emerjan síntomas, y tarde o temprano aquello vuelve una y otra vez, hasta encontrar su resolución. Toda aquella experiencia ocultada, olvidada, anterior al 73, que llevó al pueblo chileno a intentar el socialismo por vías pacíficas, ha regresado como un fantasma persistente, desde más allá de la Historia. Ha llenado “las anchas alamedas” en las principales ciudades. Ha puesto en boca de millones las viejas canciones revolucionarias. Ni los toques de queda, ni lxs muertxs, ni las torturas y desapariciones de estos últimos días, ha podido frenar el estado de movilización permanente, en el que se encuentra el pueblo chileno al día de hoy. Y como en aquellos tiempos, dependerá de la capacidad de organización y de la dirección política que vaya surgiendo, al calor de la batalla, lograr el gran objetivo de transformar la Historia.

Imagen: Pedro Ugarte. agencia AFP

Muchxs de los que alguna vez, hace décadas, gritaban como consigna revolucionaria: “luchar, crear, poder popular”, aún están vivxs y ahora mismo están marchando, junto a lxs jovenxs, en las calles de todo el país. No hay nada, entonces, que no pueda ser posible de cambiar.